Blues Simon Constructora en Altea

Altea no es para todo el mundo. Y eso es lo que la hace especial

Hay gente que llega a Altea en agosto, se toma una horchata en el paseo marítimo y se va convencida de que ya la conoce. No la conoce. La conoce quien la visita en noviembre, con el pueblo casi vacío, la luz plana y dorada de la tarde cayendo sobre las cúpulas azules, y los vecinos de toda la vida sentados en las terrazas del casco antiguo sin prisa ninguna. Esa es la Altea que engancha. La que hace que gente de Múnich, de Amberes o de Madrid tome una decisión que a veces ni ellos mismos terminan de explicar bien: quedarse.

No es turismo. Es otra cosa.

La pregunta que se hacen cada vez más personas: ¿y si me quedo?

Llevamos unos años viendo cómo cambia el perfil del visitante. Antes venían familias en verano, alquilaban un apartamento y volvían a casa en septiembre. Ahora hay un perfil diferente —trabajadores remotos, familias que sacan a los hijos de las ciudades, jubilados activos del norte de Europa— que viene con otra pregunta en la cabeza: ¿cómo sería vivir aquí de verdad?

La respuesta, en muchos casos, les convence. El clima ayuda, claro —más de 300 días de sol y un invierno que en Madrid llamarían primavera—, pero no es solo eso. Es que Altea funciona. Tiene servicios, tiene gastronomía de verdad, tiene naturaleza a cinco minutos andando y aeropuerto a menos de una hora. Y tiene algo más difícil de definir: una escala humana. No es una ciudad, pero tampoco es un pueblo dormido.

El problema de encontrar la casa adecuada

Quien llega con intención de instalarse se encuentra rápido con una realidad: el mercado de vivienda en Altea no es sencillo. El stock de casas en venta no siempre responde a lo que buscan los compradores más exigentes —aquellos que no quieren una villa genérica de urbanización sino algo que tenga carácter, que aproveche bien la orientación, que use materiales que aguanten el paso del tiempo sin perder el aspecto—. Y entonces aparecen dos opciones: o encontrar un solar y construir desde cero, o comprar algo existente y reformarlo en profundidad.

Ninguna de las dos es sencilla si no conoces bien el tejido de profesionales de la zona. Las licencias en el municipio, los plazos reales de obra, los industriales de confianza, los proveedores de materiales que trabajan con garantías… todo eso es conocimiento local que no viene en ninguna guía. Por eso tiene mucho sentido trabajar con empresas que llevan años en esto y que conocen el territorio.

En ese nicho —construcción de viviendas exclusivas y reformas de envergadura en la Costa Blanca— hay un nombre que aparece de forma recurrente cuando preguntas a la gente que ha pasado por el proceso: Blues Simon Group.
Tienen la sede en Altea y trabajan en toda la comarca. Sus proyectos no son para todo el mundo —hablamos de reformas integrales que arrancan en los 500.000 euros y de viviendas nuevas por encima del millón y medio—, pero si ese es tu rango, es difícil encontrar quien trabaje con más rigor en la zona. Lo que más valoran quienes han trabajado con ellos no es solo el resultado final, sino la forma en que acompañan todo el proceso: desde que empiezas a definir qué quieres hasta que tienes las llaves en la mano y más allá. Ellos lo llaman acompañamiento 360, y a juzgar por los proyectos que han ejecutado, no es solo marketing.

Altea Hills y los rincones donde la vivienda de lujo tiene más sentido

Si has investigado algo sobre vivienda en Altea, el nombre Altea Hills habrá aparecido. Es una urbanización privada en las estribaciones de la sierra, con parcelas grandes, acceso controlado y unas vistas sobre el Mediterráneo que en días claros llegan hasta el Peñón de Ifach. El precio del suelo no es barato, pero tampoco lo es lo que se construye ahí.

Más allá de Altea Hills, hay otras zonas que merecen atención. Cap Negret, cerca del puerto, tiene propiedades con acceso al mar que son difíciles de encontrar en cualquier otra parte de la Costa Blanca a este nivel de calidad. La Olla tiene ese ambiente un poco más tranquilo y residencial. Y si amplías el radio hacia l’Alfas del Pi o La Nucía, las parcelas son más grandes y el entorno más rural sin alejarte demasiado del núcleo.

Cada zona tiene sus particularidades urbanísticas y sus limitaciones. Otro motivo más para rodearte de gente que las conoce antes de firmar nada.

Sobre cómo se construye aquí ahora

La arquitectura residencial de lujo en Altea ha cambiado mucho en diez años. Las referencias ya no son los chalés mediterráneos de los noventa con tejas y arcos. Lo que se construye ahora —al menos en el segmento alto— tiende al minimalismo: volúmenes limpios, mucho acristalamiento orientado a la vista y a la luz, materiales naturales como la piedra local o la madera, y una integración con el paisaje que en las urbanizaciones de altura se nota especialmente.

También hay una demanda creciente de soluciones sostenibles. No solo por convicción ecológica —que también—, sino porque en una zona con tanta radiación solar y unos costes energéticos que no van a bajar, tiene sentido económico instalar aerotermia, fotovoltaica o sistemas de recuperación de agua. Los compradores más informados lo piden. Y los constructores que trabajan bien en la zona ya lo ofrecen por defecto.

Por qué merece la pena planteárselo en serio

Vivir en Altea no es para todo el mundo, como decíamos al principio. Requiere un cierto cambio de mentalidad —las cosas van a otro ritmo, la ciudad queda lejos, hay días de invierno en que el pueblo está muy tranquilo y eso o te gusta o no te gusta—. Pero para quien encaja, es muy difícil encontrar algo parecido en el Mediterráneo europeo a este precio. Francia e Italia tienen enclaves comparables, pero cuestan el doble o el triple. Portugal se ha puesto también caro. La Costa Blanca, con Altea en el centro, sigue siendo una oportunidad.

Y si vas a hacer la inversión, hazla bien. El terreno, el proyecto, la constructora, los materiales. No es el momento de ahorrar en lo que no se ve.