El Jonense. Il n’y a rien qui reste

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Durante mi infancia, en las tardes de verano y mientras los mayores dormían, mi mayor diversión era ir en bicicleta al puerto. Era aún esa época en la que nadie se preocupaba por el sol de las cuatro de la tarde, ni porque saliéramos de casa en solitario. La sangre de los arañazos en las rodillas se iba con saliva y frotando bien con la mano, por sucia que estuviera. En esa época mis héroes eran los marineros del Jonense, un barco de pesca que era ya viejo pero que a mí me parecía majestuoso. Me fascinaba ver como limpiaban las redes y ordenaban el pescado en cajas. Y en mi camino hacia mi barco favorito iba saludando a todos los marineros y pescadores que estaban siempre allí y a los que también admiraba.

Con el tiempo el puerto de Altea ha cambiado su fisonomía y se ha ido difuminando el halo de magia que envolvía a todo lo que allí pasaba. Los personajes ya no son los mismos sino otros más jóvenes y han desaparecido mis marineros de siempre. Unos para siempre y otros sólo se han retirado. Un amigo francés, recordando a uno de los marineros que ya no estaba, dijo “Il n’y a rien qui reste”, y es verdad. Nada permanece. Como en el poema de Machado:

“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.”

Ahora, viendo las imágenes del Jonense hundido, yo también pienso “Il n’y a rien qui reste”.

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